Cuando alguien se atreve a torturar los datos, a tachar de mentiroso o de amante de los mitos al que aporta otros que no casan con los torturados, a afirmar que, por no cumplir un plazo para llegar a un acuerdo en materia de financiación (de forma bilateral, obviando que el acuerdo es multilateral), se está “violando” una Ley Orgánica (la ignorancia es muy atrevida), cuando alguien se atreve a tachar a otro de ser un analfabeto funcional por no interpretar datos como el insultador quisiera, pasando de largo sobre obviedades tales como que existen otras formas de interpretar, cuando uno se arroga el derecho a insultar de forma gratuita y, encima, sentirse ofendido por ello, utilizando como medio de difusión de sus insultos su propia bitácora, entonces estamos hablando de indigencia intelectual, puesto que la ideológica la dejó clara en el momento en que escribió determinadas barbaridades tales como “Es de hecho el actual reequilibrio que hace que Extremadura o Andalucía tengan una riqueza relativa algo mejor y que la riqueza relativa catalana ya no sea tan y tan alta con respecto a las anteriores que hace que queramos retocar la financiación.” (…).
No está de más recordar a mucha gente que la ideología no la da un carné de la UGT, del PSOE, del PSC o de cualquier partido, la ideología es actuar y articular un discurso en base a unos principios que algunos indigentes ideológicos olvidan cuando de dinero se trata.
Lo tengo claro, no voy a citar al indigente, pero mientras esa persona no se retracte y se disculpe por los insultos que ha lanzado contra mí, tachándome de mentiroso y otras lindezas, seguiré considerando al mismo un indigente intelectual.
Los insultos:
Demagogo (”Haces demagogia (…)”), mentiroso (”te pido que no mientas”, “sigues mintiendo”, “estás mintiendo simple y llanamente” ) de acuerdo con su argumentación, al afirmar en repetidas ocasiones que miento, debe ser porque me considera mentiroso, analfabeto funcional…, podría seguir, pero me da lástima.
Conste una cosa, le ofrecí la oportunidad de retirar los insultos, que no de disculparse, prefirió seguir por encima del que pretende considerar como ser inferior, ni tan siquiera le dije que se disculpara, le dije que retirara los insultos, traté de ser asertivo con él, pero siguió tratando de quedar por encima y eso es una muestra de falta de humildad, además de su manifiesta falta de respeto hacia los demás. Ni deseo contestarle ni me apetece seguir escribiendo de quien carece del más mínimo sentido del respeto por quien disiente, no vaya a ser que se encabrone y acabe enviándo a un “gulag”.
Por cierto, no difamo a nadie, simplemente califico a una persona en base a sus actitudes, sin estar en mi ánimo desacreditar, de eso se encarga él solo.
A final, este post ha logrado que se desmonte todo su argumentario sobre la financiación. Ahora las regiones pobres no estamos tan bien, ni ellos tan mal como para pretender que dejemos de vivir de nuestros privilegios conseguidos con el trabajo de los catalanes “Ni la Junta invierte tan prioritariamente en educación o sanidad como él dice, ni la Generalitat lo hace tan poco. Al menos cuando se han presentado datos que contradicen ese “mito” de que la sanidad andaluza funciona mejor que la catalana sólo porqué invierten mejor”, es decir que los servicios públicos esenciales están mejor cubiertos en Cataluña que en Andalucía, ergo debe seguirse aportando más dinero a las regiones más pobres y menos a las más ricas, justo lo contrario de lo que él defiende.
Cita el hecho de que dijera que comete muchas faltas de ortografía y, es cierto, lo hice. Pero como dice el proverbio oriental, cuando el dedo señala la luna, los tontos miran el dedo. Lo hice al final tras haber tenido que sudar para entender lo que deseaba decirme, tales eran sus errores. No fue algo ofensivo, más al contrario, tenía un tono amigable y distendido tras despedirme de él y decirle que le fuera bonito, pero que no soportaba el tono hiriente de sus respuestas.
Por cierto, por si se le había olvidado, yo no pertenezco a partido alguno, ese es uno de los motivos por los que escribo con la libertad que me da no tener que seguir los dictados de partido que otros siguen como borregos. A mí no se me ocurre entregar carné de nada, pero no permito que otros se arroguen un título que es incierto de acuerdo con su discurso.
En todo caso, tras leer el post de José, mejor que indigente intelectual, le calificaré de forma más benigna, según su consideración: maleducado y manipulador. Queda retirado lo de indigente intelectual (calificativo mucho más suave que manipulador, ya que para ser manipulador hace falta voluntad y en indigente intelectual es un simple aventurero).
Última actualización, no pienso perder un minuto más con un personaje que no lo merece y que se considera cosificado. Le llamo maleducado y manipulado porque es él quien considera que pueden ser adjetivos más adecuados por su actuación. El problema de creerse mejor que los demás es que, si éstos no le aplauden su trabajo, si no se le considera el centro de toda discusión, se pilla una rabieta, se tiende a buscar la humillación del que no reconoce esa supuesta superioridad y, encima, se tiene a usar la victimización como arma de debate, “perdonando la vida” al otro con frases como “debería haber cortado antes el debate, cuando aparecieron los insultos”, pasando por alto que es él quien gusta de usarlos, a pesar de su enfermiza tendencia a disfrazarlos de crítica constructiva, es un nuevo ejercicio de ombliguismo, probablemente por problemas que algún profesional debería estudiar. Desconozco si necesita reafirmarse personalmente mediante el uso de la táctica del menosprecio al otro, táctica útil para mostrar una supuesta superioridad, o si prefiere ser el bebé de todos los bautizos, el nene de todas las comuniones o la novia de todas la bodas, pero su afán de protagonismo es tal que resulta preocupante.
Se acabó chato, olvídame, no eres bienvenido por aquí mientras no presentes las debidas disculpas, retires tus insultos y bajes de esa nube en la que has decidido vivir, por encima del bien y el mal, en posesión del bien más preciado por quien gusta de debatir, la razón, otorgando a los demás la posibilidad de debatir contigo siempre que ese debate se reduzca a una interjección de admiración hacia tu presuntuosa argumentación, tan llena de datos, tan llena de palabras, como vacía de humildad y de razones.
Lástima que, como en otras ocasiones, vuelves a confundir el enemigo. Nunca te asistirá la razón, mientras no te rodees de la suficiente humildad como para reconocer que no estás en posesión de la verdad.